El esparto. De la atocha, adaptada a los paisajes secos mediterráneos, obtenemos una fibra humilde, resistente y
extraordinariamente versátil.

El territorio. Durante generaciones, el esparto formó parte de la vida cotidiana de nuestros pueblos. Con aquello que ofrecía el entorno, se resolvían necesidades del campo, los oficios y el hogar.

El saber. Recolectar, secar, cocer, picar, humedecer, trenzar, coser… Entre la planta y el objeto existe un conocimiento transmitido de generación en generación.

Las manos. Es en las manos donde la fibra se transforma. Gestos aprendidos que hoy recuperamos para mantener vivo ese saber.

El objeto. Pleitas, sogas, espuertas, cofines, esteras, calzado… Objetos nacidos de la necesidad y del conocimiento profundo del material.

Trabajar el esparto no es solo aprender a hacer un objeto: es conocer la planta, comprender el territorio y
mantener vivo un legado.